Hoy me puse filosófica, y filosofeando, observando, contemplando, como un río llegaron los pensamientos, y con ellos las palabras. Y pensé en los mitos, en lo que sucede en mi imaginario, y en los imaginarios de los demás.
Pensé en la palabra mito y le pregunté a Claude cómo definirlo. Me contó que el mito es un relato simbólico que una cultura se cuenta a sí misma para dar sentido a lo que no puede explicar del todo —yo añado que vaya vara con los humanos, pensando todo, pensando sobre la muerte, sobre el deseo, sobre el poder—. Los mitos no pretenden ser historias verificables, no informan, sino que revelan.
Y PUM, vino a mí el mito de Judith y Holofernes, un mito sobre el pueblo asediado de Betulia. Judith, sedienta de salvar a su pueblo, decide infiltrarse en el campamento del enemigo y cenar con él, usando su belleza como arma. Emborracha al general y, cuando este duerme, toma su espada y lo degüella con sus propias manos. Esta obra tiene múltiples representaciones en cuadros y referencias en el imaginario colectivo. Nunca sabremos si ocurrió o no, pero a mí es una historia que me deja un poso y que me emociona.
Me emociona porque habla de Judith tomando una decisión, Judith reclamando su cuerpo, su lugar. Una mujer siendo violenta activamente. Y eso me incomoda y me da miedo también, porque como mujer fui criada en huir de la violencia.
Y creo que en la lista de cosas que también dan miedo en ese imaginario colectivo están personas muy tatuadas, o frases como “te vas a arrepentir”, “vas a tener problemas con el curro”. Hablan estas cuestiones sobre aquellos individuos que tienen permiso para decidir modificar libremente su cuerpo.
Otro mito que cruza por mi mente: un tatuaje es algo permanente, o lo era, quizás ya no tanto en el siglo XXI, aunque me alegra saber que es muchísimo más caro y doloroso que hacerse uno más grande. Implica un compromiso brutal de la persona para borrárselo, a nivel tiempo, dolor, protección de la piel. Por lo que, aunque no sea algo permanente, es algo que demanda compromiso.
Para mí, en mi imaginario colectivo, cada vez que veo a alguien muy tatuado, os juro que pienso en la capacidad para sostener dolor de esa persona, para permitirse voluntaria, activa y de forma consensuada elegir herirse artísticamente y transformar su cuerpo. Pienso en cuestiones de tiempo, de compromiso, de sensibilidad estética y artística, aunque sé que pienso de forma divergente. Sea lo que sea que signifique eso.
También me imagino a Judith, me imagino que en Betulia, en el siglo II a.C. —siglo arriba, siglo abajo— existían los tatuajes y Judith llevaba varios de ellos, a lo guerrera, tatuajes ocultos que no taparan su belleza, pero que le confirieran su auténtico lugar de guerrera en la tribu.
Y quizás no necesito escribir el cuento. Quizás ya lo llevo puesto: en cada tatuaje que decido, en cada miedo que decido no obedecer, hay una pequeña Judith tomando su propia espada. Al final, todos llevamos alguna Betulia asediada. Y todos, alguna vez, tomamos la espada.
Ámbar Corporales Morente
📷 @crismida_tattoo

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